A propósito de Llewyn Davis (Ethan y Joel Coen, 2013)

LLewyn Davis (Oscar Isaac) tiene un dilema. Se encuentra parado en la carretera, en dirección a Chicago. El conductor del coche, Johnny Five (Garrett Hedlund), poeta, ha sido arrestado por la policía y se ha llevado las llaves consigo. En el asiento de atrás está Roland Turner (John Goodman), músico de jazz, desagradable e inconsciente tras una sobredosis. Junto a él, un gato del que se siente responsable. Hace frío. Si se quedan allí, el gato puede que sobreviva, pero Turner… Llewyn sale del coche, se pone su chaqueta raquítica, abre la puerta de atrás y coge su guitarra. El gato le mira a los ojos. Turner sigue inconsciente. Llewyn contempla todas las posibilidades. El gato avanza ligeramente hacia la salida sin apartar la mirada de Llewyn. Este agarra la puerta. Tiene que decidirse en menos de un segundo…

LLewyn Davis no quiere simplemente existir. Su plan no pasa por abalanzarse sobre cualquier trabajo fijo y agarrarse a él hasta el final. Llewyn es músico. Compone e interpreta canciones folk. Antes tenía un compañero, pero este se tiró por el puente George Washington, no por el de Brooklyn, como Dios manda. Ahora actúa en solitario. Incluso tiene un disco, llamado “Inside Llewyn Davis” que, por supuesto, no está a la venta. Estamos a principios de la década de los 60 y Llewyn Davis, como casi siempre, ha despertado en una casa ajena, esta vez en el Greenwich Village de Nueva York. No hay nadie en casa. Se viste y sale al descansillo con su guitarra. Mientras piensa qué hacer en el día, el gato de la casa se escapa por la puerta. Corre para atraparlo y, cuando lo hace, la corriente cierra la puerta de la casa. Nuevamente está en la calle y, esta vez, con un gato al que cuidar. A partir de ese momento, veremos cómo Llewyn se moverá al son que le marca su mala suerte.

Llewyn Davis es un tipo amargado. Su sueño no acaba de consumarse y la frustración le ha hecho ser arisco, aprovechado, inaguantable e intransigente. No se puede decir que sea un mal músico, pero parece que le falta ese factor X para llegar a ser lo que su coetáneo Bob Dylan.

Lo más habitual en cualquier narración, es que el protagonista actúe en pos de la consecución de un fin, enfrentándose a fuerzas adversas. Pero una de las marcas de gran parte de la filmografía de los hermanos Coen, es la contraria. Sus personajes suelen ser seres pasivos que van reaccionando como pueden a los envites que les prepara el destino. Por lo tanto, la dirección narrativa no la marca el personaje protagonista, sino los golpes que recibe. Podemos citar como ejemplos de esto en su filmografía a “Barton Fink” (1991), “El hombre que nunca estuvo allí” (The Man Who Wasn’t There , 2001), “Un tipo serio” (A Serious Man, 2009), o incluso la que, para mí, es su obra maestra con diferencia: “Muerte entre las flores” (Miller’s Crossing, 1990). Este tipo de narración hace que no sepas hacia dónde va la historia, y se convierta en una especie de pesadilla. Al no haber voluntad del protagonista, tampoco hay una dirección clara, ni objetivo. Lo que hace que el clímax se difumine.

Para apoyar ese tono pesadillesco de la narración, los hermanos Coen se valen de varios instrumentos. En primer lugar, una lacónica interpretación de Oscar Isaac, valor más que asentado ya en Hollywood. En segundo lugar, una fotografía de Bruno Delbonnel, basada en un alto contraste suavemente difuminado con unos tonos verdes. En tercer lugar un diseño de sonido, a cargo de Peter F. Kurland y Skip Lievsay, que está la altura de “Barton Fink”, en su búsqueda de ambiente sonoros basados en la extrañeza y el desasosiego. Y en último lugar, destacaría la precisión, a la hora de vertebrar en planos cada escena, al igual que para componer cada una de las imágenes que aparecen en el film.

“A propósito de Llewyn Davis” (Inside Llewyn Davis, 2013) no es una película para todos los públicos, como lo son las excelentes “Fargo” (1996), “No es país para viejos” (No Country for Old Men, 2007) o “Valor de ley” (True Grit, 2010). Es una de esas cintas en las que los Coen se permiten la licencia de arriesgar e investigar, corriendo el peligro de pasar desapercibidos, como pasó con “Un tipo serio”.

Esta vez han conseguido que su juguetona crueldad con el protagonista, me provoque una placentera sensación de extrañeza.

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