Hay oficios, como el de camarero o peluquero, en los que es indispensable intuir si al cliente le apetece mantener una conversación o no. El camarero que me tocó en gracia esta mañana no disponía de dicha cualidad. Entre comentarios sobre el tiempo, la liga de fútbol y la política del país, no conseguí beber ni la cuarta parte de aquella primera copa en mucho tiempo. Efectivamente, estaba celebrando algo. Llevaba… llevo dos años sobrio, y acabo de cobrar mi primer sueldo en meses. No sabría decir si fue la copa en sí, la pesadez del camarero, la hora temprana, o un cierto sentimiento de culpa, el caso es que el líquido no parecía querer ser ingerido. Me resultó hasta desagradable, nunca lo hubiera imaginado.

Hoy he madrugado a pesar de mi horario de trabajo. Parece ser que soy aparcacoches en un restaurante, y trabajo hasta las tantas. Pues bien, hoy he decidido cortarme el pelo a primera hora de la mañana. Hoy ha sido sábado y muchas personas normales no han tenido que ir al trabajo. Muchas personas normales caminaban por la calle, paseaban a sus perros o realizaban sus compras, y yo he pasado desapercibido entre todas esas personas normales. Incluso he pagado en el bar y en la peluquería con mi propio dinero. Si sigo así, puede que Laura vuelva conmigo. Ahora pienso que fue una estupidez tomar esa copa. Sólo quería probar que, como una persona normal, puedo beber una copa de vez en cuando sin necesidad de una segunda. Pero me siento como sucio. Ninguna persona normal bebe alcohol a esas horas de la mañana. Bueno, mañana volveré a desayunar café como las personas normales. Pero… ¿en qué estaría pensando?

El caso es que me dirigía hacia la peluquería, preguntándome si el peluquero sería tan intuitivo como el camarero. Me resulta muy violento forzar una conversación con alguien que no conozco. No lo puedo evitar. Cada uno es como es. Además, una conversación me suele dejar exhausto y, al acabar, siempre tengo la sensación de haber hablado más de la cuenta. Por eso esperaba que el peluquero, la peluquera en este caso, cumpliese con su cometido en completo silencio. No la conocía. Soy nuevo en el barrio. Alquilé una habitación en un piso compartido, gracias a un préstamo de mi hermano pequeño. Mi hermano es demasiado, un campeón. No he visto persona más inteligente, más humilde y más generosa. Por cierto, mañana domingo iré a visitarlo a él, y a su mujer. Devolveré parte de mi deuda y, en dos o tres meses, me pondré al día.

Abrí la puerta. La única peluquera que se encontraba allí en ese momento me miró a través del espejo con la maquinilla en la mano. El cliente, ataviado con esa especie de babero que te colocan para que no te caigan los pelos sobre la ropa, no reparó en mí.

-Buenos días – saludé.

-Muy buenos, siéntese un momento y enseguida estoy con usted – dijo la peluquera.

Parecía estar de buen humor. Me temía lo peor.

-¿Entonces quieres que te lo rape al uno? – dijo la peluquera en tono jocoso.

-Al uno. Todo al uno – contestó el cliente con decisión.

-Déjame que piense – dijo la peluquera llevándose la mano a la barbilla – Tu novia te ha dejado y quieres hacer borrón y cuenta nueva. Ahora odias a todas las mujeres, y te rapas el pelo para que no se fijen en ti. De ahora en adelante, vas dedicar todo tu tiempo libre a eso que siempre quisiste hacer, y que no tuviste tiempo por culpa de tu novia. ¿Me equivoco?

-De cabo a rabo. Vamos, procede que hay gente esperando.

Tenían confianza, eso saltaba a la vista. La peluquera conocería a toda su familia, a la que llevaría cortando el pelo toda la vida. Mientras seguían hablando, yo imaginé diferentes combinaciones en la distribución de los muebles de mi nueva habitación. Era muy pequeña pero, redistribuyéndolo mejor, parecería más espaciosa.

Un hombre y una mujer, con la misma bata blanca que la peluquera, entraron de golpe con una conversación ya iniciada. Dejé de pensar en los muebles y escuché. El hombre insistía con vehemencia que el jefe se equivocaba en no se qué punto que a mí se me escapaba, pero que él no pensaba advertírselo, que era su problema. Saludaron a su compañera con desenfado, y después a mí con educación. Como ninguno de los recién llegados me dijo que me sentara en el otro sillón, me imaginé que estaban cumpliendo algún descanso reglamentario, y que aún no les tocaba volver a la tarea. Ningún problema, yo tampoco perdonaba mis descansos, así que tomé una revista al azar y la ojeé. Era una de esas publicaciones que tratan sobre descubrimientos científicos curiosos. Me centré en un artículo sobre el planeta Marte y un futuro viaje tripulado en el dos mil nosecuantos.

-Cuando quiera, caballero –  me dijo la peluquera.

El cliente anterior trataba de hacerse a la idea mirándose en el espejo. Pagó, preguntó por el padre enfermo de la peluquera, y se marchó tras un nuevo comentario chistoso sobre el rapado que le acaba de realizar.

Me senté, me colocó el babero y me preguntó qué quería hacerme.

-Un corte normal. Ni mucho ni poco – le dije mientras me miraba fijamente a los ojos.

-Perfecto.

La peluquera ya intuía que no era hablador. Y, para no crear un silencio incómodo, decidió entrar en la conversación de sus compañeros. Una profesional, sí señora.

-No digas tonterías, Sergio. La gente ya se afeita en su casa. No viene a la peluquería a gastarse un dinero en algo que saben hacer ellos solitos.

-No estoy hablando de un afeitado normal, Tita. Me refiero a barbas cuidadas, bigotitos interesantes, perillas esculpidas… – dijo Sergio gesticulando con ímpetu.

-Bah – respondió Tita mientras me cortaba la patilla derecha – ¿Y cuánto dinero crees que puede dar eso? ¿Cuántas personas ves por la calle con pijadas de esas?

La conversación continuó por esos derroteros. Yo, mientras, me estaba relajando tanto que casi me dormía. Me pasa siempre que voy al peluquero. Yo, como casi todo el mundo, me imagino, tiendo a evitar el contacto físico. Creo que todos tenemos un espacio vital, alrededor de nosotros, que no dejamos que nadie franquee, a no ser que haya mucha confianza. Pero en el caso del peluquero, el contacto físico es indispensable. Y, lejos de molestarme, me resulta muy agradable. Hombre, mujer, viejo o joven, da igual, no tiene nada que ver con eso. Es un compartir el espacio vital mutuo, que me adormila y me hace sentir protegido. Deberíamos tocarnos más a menudo. Seguro que serviría de terapia para algo.

La puerta se abrió. Entró un hombre que mediaba la cincuentena, ni gordo ni delgado, elegantemente vestido y con el pelo corto y peinado. Su expresión era algo tensa. La conversación de los peluqueros se interrumpió.

-Buenos días – dijo el hombre.

-Buenos días. Siéntese un momentito…

-No, no vengo a cortarme el pelo – dijo el hombre – me llamo Carlos.

Carlos dio la mano a los tres peluqueros inclinando ligeramente la cabeza. Ellos dieron sus nombres. El de ella era Sonia. El hombre comenzó a exponer la razón por la que estaba allí mientras los peluqueros entornaban los ojos como esforzándose en entender.

-¿No han pensado ustedes en abrir una nueva peluquería en otra calle?

Los tres se miraron sin saber qué responder.

El hombre continuó con nerviosismo, pero de manera mecánica, como si hubiera repetido el mismo discurso varias veces en la mañana. Dijo que tenía una nave en la calle nosecuantos, que sería ideal para poner una peluquería. Tita, que me cortaba el pelo, escuchaba con una sonrisa de medio lado. Sonia, claramente miraba al infinito pensando en otra cosa. Sergio, sin embargo, escuchaba con una atención sincera y hasta podría decirse que apasionada. El hombre gesticulaba con las manos y ponía ejemplos prácticos que habría ido adaptando según el local en el que entrase.

-Justo en frente de la nave está el garaje de la ITV. Allí pasa gente a revisar el coche en todas las épocas del año. Deja uno el coche y, mientras espera a que se lo devuelvan, ¿qué haces?: “Coño, pues voy a aprovechar a cortarme el pelo”…

Tita reprimió una carcajada y me miró por el espejo buscando complicidad. Sergio asentía excitado. Sonia limaba sus uñas.

-¿Pero está amueblado? Quiero decir, ¿era antes una peluquería? – dijo Tita como para ir zanjando el asunto.

-No, bueno… La nave está vacía. Habría que acondicionarla, pero en una zona tan buena, enseguida se amortizaría – dijo Carlos apurado.

-Ya – respondió Tita con un tono de incredulidad.

-Pues claro – dijo Sergio – una pequeña inversión sería necesaria…

El tipo les dijo que se lo pensaran. Les dio una tarjeta con su número de teléfono y les volvió a dar la mano a los tres. Tita advirtió al tal Carlos que ellos no eran los propietarios y que, en cualquier caso, darían a su jefe la tarjeta y le explicarían la oferta. El tipo recibió algo contrariado la noticia, pero pronto se recompuso y se despidió muy satisfecho de sí mismo.

Tita siguió cortándome el pelo con una sonrisa irónica y sacudiendo la cabeza. Sergio se sentó y guardó silencio durante unos minutos. Sonia hizo un comentario sobre no sé qué programa de la tele, y Tita le siguió la corriente. El asunto parecía concluido cuando Sergio habló.

-Mucha gente ha salido así…

Tita se volvió hacia él con extrañeza.

-¿Qué?

-Sí, que mucha gente ha salido así. Comprando un local y montando tu propio negocio… Además, nosotros conocemos la profesión, lo sabemos llevar… ¿Tú conoces la calle?

-Sí – dijo Tita – y es una mierda pinchá en un palo. Eso está matao

Sergio no había escuchado nada.

-Mira que si nos atrevemos y nos convertimos en nuestros propios jefes…

-¿Y si la cosa no funciona qué? Nos vamos a la calle. Aquí estamos asentados. Tenemos una clientela y un sueldo seguro. Deja de comerte la cabeza, no seas tonto…

Tita me quitó el babero, mientras yo observaba a Sergio, que miraba a la calle con aire reflexivo. Sergio no dormirá esta noche, de eso estoy seguro. En fin, Tita me hizo un corte correcto, y no me dio la chapa. ¿Qué más se podía pedir? Pagué, salí a la calle y llamé a mi hermano. Mañana comeré con él y su mujer, y devolveré parte del dinero prestado. Hoy ha sido un sábado normal para las personas normales, y yo he pasado por ser una de ellas. Puede que para ti sea un logro nimio o, incluso gris, pero este sábado normal no ya no me lo quita nadie.  

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