Ha llegado el momento, Susi me acaba de ordenar que limpie los cristales de la fachada. Es el momento más esperado del día. Ese y, después, limpiar la sala.

Tengo un trabajo basura, inseguro y mal pagado, para una cadena de restaurantes de comida también basura, cerca del Santiago Bernabéu.

Los compañeros son lo mejor del trabajo. Edu es un ecuatoriano encantador y sonriente, lleno de energía y positividad, seductor por naturaleza y por principios. Prefiere ser contratado a través de una empresa de trabajo temporal, porque así puede trabajar más horas y cobrar más, a costa de su salud, claro. Envía casi todo lo que gana a su familia, en Ecuador. Julia, madrileña, es nada menos que ingeniera textil y, sin embargo, encargada del Burger. Los encargados llevan camisa en vez de polo, como llevo yo, y manejan un poco más, aunque Julia está de nuestra parte. A mí siempre me protege. Siempre cuenta chistes y grita unas barbaridades que flipas. Cuando te quedas a solas con ella, y te habla de tú a tú, es capaz de mantener unas conversaciones de lo más profundas e interesantes. Nunca llegará a ser gerente, sencillamente porque le pierde el cariño hacia sus subalternos y, por supuesto, el respeto. María, otra ecuatoriana, es bajita, muy joven, con dos hijos y tres trabajos. Por la mañana limpia varias casas, a mediodía y por las tardes trabaja en el Burger, y por la noche pone copas en un bar. Sencillamente increíble. Hatim, creo que así es como se escribe, es marroquí, trabajador y dicharachero a partes iguales. Durante el día trabaja con nosotros, y durante la noche es camarero en un bar de la Castellana. Si ve a alguien deprimido o cansado, él se encarga de levantarle el ánimo. Susi, una valenciana gordita y guapísima, es encargada y cree en el refuerzo negativo. Te castiga o regañaba severamente por cualquier gilipollez. Claro, está equivocada, pero para qué vamos a discutir. David, el gerente, es un muchacho joven, agradable, capaz y un poco iluso. ¿Por qué digo lo de iluso? Un día convocó una reunión. Estaba visiblemente preocupado. Nos dijo que juntos teníamos que hacer un restaurante que saliese adelante, que se tenía que implicar todo el mundo y dejarse de racanear tiempo y trabajo, que habían bajado mucho las ventas. No se daba cuenta de que todos estamos con contratos temporales, trabajando muchas horas y cobrando una miseria. No es capaz, ni siquiera, de sospechar que nadie vea este empleo como un proyecto de futuro. Vamos, ni de coña.

Yo, personalmente, a la hora de trabajar, prefiero estar en cocina y en sala. En la cocina tengo que, claro está, hacer hamburguesas. Introduzco los panes en el broiler para tostarlos, al igual que la carne que, en el mismo broiler, se descongela y se hace en diez segundos. En el pan de abajo coloco la carne, cuatro pepinillos, kétchup y cebolla. En el pan de arriba va la mayonesa, la lechuga y el tomate.

En sala mi cometido es recoger las bandejas de los clientes que han acabado, barrer el suelo de vez en cuando y cambiar los cubos de los desperdicios que estén llenos.

Prefiero todo esto a estar en caja. Me da pavor tener que manejar dinero y estar pendiente de los diferentes pedidos, mientras una cola inmensa espera hambrienta y malhumorada. Por otra parte, prefiero un trabajo físico, aunque sea duro, para poder tener la mente libre y así poder maquinar nuevos proyectos.

Pero la frase que siempre anhelo oír de un encargado o encargada es: “Francis, vete a limpiar los cristales de la fachada”. La razón es que desde allí puedo ver a Adriana, una chica de Normandía que vende pañuelos de papel en el semáforo.

Es una muchacha de unos veinticinco años, de tez originalmente pálida, pero curtida por estar siempre al aire libre. Tiene un tipo muy bien proporcionado. Usa pantalones que se acaban justo debajo de las rodillas y una camiseta de tirantes que deja ver sus hombros redondeados. Ojos claros, nariz un poco larga y labios carnosos y sonrientes, siempre sonrientes. Se planta en el semáforo que está frente al restaurante y, cuando se pone en rojo, ofrece pañuelos de papel a todos los conductores.

A una hora concreta de la tarde, Adriana entra en el local, toma un vaso de Coca-Cola y habla con los empleados, especialmente con los encargados que llevan más tiempo. Cuando llegue esa hora de la tarde, mi plan es estar ya limpiando la sala y haber terminado con los cristales, ya que así podré cruzar algunas palabras con Adriana.

Hoy hace mucho calor y no hay más que tres clientes. Yo casualmente estoy en la sala. No tengo más que simular que hago algo. Adriana entra, pide la Coca-Cola y se sienta al fondo. Me acerco a ella e intento romper el hielo hablando del calor que hace y preguntando por sus ventas. Adriana, inmediatamente, me corta, me mira a los ojos y me cuenta que está casada y que tiene dos hijos, que su marido es muy celoso y que la pegaba, pero ya no. Yo le digo que podría volver a pegarla, y que debería dejarle. Ella me dice con su acento francés y sin dejar de mirarme a los ojos: “Oye, mira, no quiero que te echen por estar hablando conmigo. Me sentiría muy mal, de verdad”.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: