«El silencio de un hombre» (Jean-Pierre Melville, 1967)

Jeff Costello (Alain Delon) tiene un nuevo trabajo. Mientras llega la hora, se fuma un cigarro tumbado en la cama, vestido y mirando al techo. Puede que esté repasando todos los movimientos a seguir en las próximas horas, o puede que simplemente mantenga la mente en blanco en una suerte de meditación. El trabajo es el habitual: asesinar a un desconocido a cambio de dinero, que no le pille la poli y que esta no pueda relacionar el crimen con su cliente o su intermediario.

El procedimiento es el que ha aprendido a lo largo de los años, adaptado a las circunstancias de cada trabajo. Lo primero es crearse una coartada creíble y clara que justifique, en un posible interrogatorio, dónde se encontraba a la misma hora del fatal suceso. Esta vez echará mano de Jeanne (Nathalie Delon). Ella está enamorada de él, aunque la reciprocidad no está muy clara. Jeanne deberá decir a la policía, si se diera el caso, que Jeff habría pasado toda la noche con él. El problema es que su marido volverá esa misma noche, aunque con tiempo suficiente para que Jeff haya eliminado al sujeto estipulado, plantarse en el portal de Jeanne y cruzarse con su marido, simulando que acaba de calentar su lecho, y reforzar así su coartada. Después, se pasaría por una timba de cartas, para terminar de redondear la pantomima.

El individuo a liquidar es el dueño de una sala de fiestas que se encontrará en un despacho de la misma. La idea es entrar con decisión en el local, con su gabardina, su sombrero y su mirada gacha, y avanzar hacia la puerta que da paso al pasillo que lleva al despacho, como si anduviera por su propia casa. Una vez allí, comprobar que es el tipo en cuestión, pegarle los tiros necesarios y asegurarse de que está muerto.

En el punto álgido del trabajo, durante su fugaz estancia en el local, varias personas han reparado en su presencia. No obstante, no podrían identificarle con seguridad, debido a que el sombrero les ocultó su rostro a todas esas personas, menos a una: la pianista (Cathy Rosier).

El hecho de ser obligado a comparecer en una aleatoria rueda de reconocimiento ya pone nerviosos a sus clientes. De pronto, Jeff Costello se ve huyendo de la implacable tenacidad y técnica policial del comisario (François Périer) y su equipo, a la vez que de la asesina cohorte de sus clientes.

Entre los sesenta y los setenta, el cine europeo se empleó a fondo con los géneros cinematográficos que, hasta ese momento, parecían de la propiedad de Hollywood. Sin embargo, estos géneros no fueron tomados tal cual por los cineastas europeos, sino que los reinterpretaron hasta el punto de adquirir un nombre específico. Así es como en Italia conocimos el Spaghetti Western y el Giallo como remedo adulterado del Terror. En Francia, cineastas como José Giovanni, Henry Verneuil y, especialmente, Jean-Pierre Melville, tomaron el cine negro clásico, y lo llevaron al Polar Francés.

Vídeo editado por mí sobre las películas de Melville y Delon.

Estos nuevos géneros tenían características comunes. Eran el fruto de cineastas cinéfilos que amaban el género en sí. Sus códigos y clichés eran celebrados por estos directores hasta el punto de vaciar sus películas del resto. Especialmente en el Polar, y en el caso de la estupenda última etapa de Melville en particular, las tramas y los personajes llegan a un nivel de abstracción realmente notable. Melville toma los personajes del Cine Negro americano y los libera de todo vínculo con la realidad y de toda justificación psicológica o social: El ladrón roba porque es lo que hace. Al liberarse de todo lo que no es el género, Melville crea tramas en las que sucede bien poco, pero que es mostrado como un ritual que se acerca a lo religioso. Ejemplo de ello sería el robo de “Círculo rojo” (Le cercle rouge, 1970) o El asalto al tren de “Crónica negra” (Un flic, 1972).

La precisión cinematográfica del Polar de Melville llega a su cima con “El silencio de un hombre” (Le Samouraï, 1967), en la que asistimos a la liturgia obsesiva de un hierático Alain Delon en la consecución de lo que hace: asesinar, crearse una coartada y huir de la policía, a la vez que la metódica y obsesiva persecución del comisario. Le Samouraï es un film excepcional.

Hoy vemos su influencia en Michael Mann, John Woo, Quentin Tarantino, Jim Jarmusch o Nicolas Winding Refn

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