“La ciudad de las estrellas – La La Land” el musical de Damien Chazelle para la Historia

“La La Land” (Damien Chazelle, 2016) se ha titulado en España “La ciudad de las estrellas – La La Land” y en Latinoamérica “La La Land: Una historia de amor”. Es una película musical protagonizada por Emma Stone y Ryan Gosling. Su música y sus canciones están compuestas por Justin Hurwitz. La fotografía es obra de Linus Sandgren. Y el guión, al igual que la dirección, es cosa de Damien Chazelle.

Se encienden las luces y yo tengo que bajar la mirada. No quiero que nadie vea que tengo los ojos rojos. No quiero descubrir que hay alguien conocido cerca. Mi respiración está tan agitada que, cualquier intento de articular palabra, se rompería en un ridículo sonido. Mientras pienso lo que me molesta que enciendan las luces nada más empezar los títulos de crédito, empiezo a tener la sensación de haber sentido una emoción parecida con otra película. Intento recordar cuál es. Me da en la nariz que no es una de esas pelis que mencionar con tus amigotes, alrededor de unas jarras de cerveza. Hay una historia de amor o, más bien, de desamor. Tiene una estética que podrías tachar de naif, si no te arrebatara emocionalmente con su historia, su manera de contarla y… su música.

-Sí, es otro musical – caigo en la cuenta mientras salgo rápidamente del cine, mirando al móvil para no ver a nadie. No es “Cantando bajo la lluvia”, no. Tampoco es “West  side story”, ni “Sombrero de copa”, ni “Un americano en París”.

Veo en el móvil un titular que dice que Damien Chazelle, el guionista y director de “La la land”, menciona, dentro de una entrevista, el título de la película musical que más le inspiró a la hora de hacer la que acabo de ver. En ese momento recuerdo el título que estaba buscando, y abro rápidamente el artículo, deseando coincidir con Chazelle. Recorro la entrevista con la mirada, buscando el título que tengo en mente. Encuentro la pregunta: “¿Qué película diría que le ha influido de manera especial?”. Ahí tiene que estar mi respuesta. Muevo el texto para descubrir, en negrita, “Los paraguas de Cherburgo” de Jacques Demy y Michel Legrand.

Apago la pantalla, meto el móvil en el bolsillo y emprendo mi camino, silbando, con la sonrisa que se te queda cuando conectas con algo, y eres consciente de haber visto por primera vez un clásico.

¿De qué va “La La Land”?

Hay un atasco tremendo. Todos los coches están parados de aquí a Los Ángeles. El sonido de las bocinas se mezcla con la música de piano que Sebastian (Ryan Gosling) escucha una y otra vez. Delante de él está el coche de Mia (Emma Stone), parece que llega tarde, como todos. Habla por teléfono y está tensa. Todo el mundo tiene los nervios de punta dentro de sus coches parados, pero acaba de salir el sol en la ciudad de las estrellas. Un sol espléndido que invita a salir al asfalto a cantar y bailar entre los coches, por lo maravilloso que es que vuelva a salir el sol cada mañana, a pesar de todo.

Emma-Stone-Lalaland-Musical-ChazelleMia se dedica a ser rechazada en un casting detrás de otro y, entremedias, trabaja en una cafetería de Hollywood. Sebastian se ve obligado a volver al club donde se negó a tocar al piano, una y otra vez, la música insulsa que le pedía su jefe. Mia sueña con ser actriz y dramaturga. Sebastian planea comprar un local mítico y convertirlo en un templo de jazz puro. Tener pareja no es algo que entre en los planes de ninguno de los dos. No tienen tiempo para ñoñerías. El caso es que la casualidad, que no el destino, hace que sus caminos se crucen y todo se complique un poco más.

“La La Land” dentro de la filmografía de Damien Chazelle y sus referencias cinéfilas (musicales o no)

“La La Land” es la tercera película como director de Damien Chazelle. Lo sé, todos le conocimos con la extraordinaria “Whiplash” (2014), pero no fue la primera. Además de haber escrito “Grand Piano” (Eugeni Mira, 2013), había dirigido en 2009 “Guy and Madeline on Park Bench”, una peliculita en 16 m.m. y en blanco y negro, rodada en las calles de Boston, con la frescura del Godard que todos queremos, que es el de los sesenta, con el estilo y la libertad del John Cassavetes primerizo de “Shadows” (1959), y la naturalidad balbuceante del cine mumblecore. Con la peculiaridad de que, además de todo esto, de vez en cuando, los personajes se arrancaban a cantar y bailar.

Ryan-Gosling-La-ciudad-de-las-estrellas-Lalaland-Piano“La La Land”, al igual que “Whiplash”, trata sobre el esfuerzo y la perseverancia en pos de un sueño, que para los demás es irrisorio o iluso, y para uno mismo es aparentemente inalcanzable. También coincide con la historia del aprendiz de baterista, en la dificultad que conlleva ese trabajo a tiempo completo que es perseguir un sueño, con mantener una relación de pareja medianamente equilibrada. Las dos películas, junto con su ópera prima, cantan las bondades del jazz puro, para muchos, anacrónico y anticuado y, para Chazelle, Justin Hurwitz (el músico) y sus personajes, pura emoción.

Damien Chazelle y Justin Hurwitz se conocen desde la universidad. Juntos soñaron con hacer un musical como los de Fred Astaire y Ginger Rogers. Hurwitz compone un tema principal de piano, que simboliza la relación entre los dos y, a partir de él, descompone todo tipo de temas para cada parte de la película y para cada estado de ánimo, con una orquestación grabada en directo, como debe ser. La música de Justin Hurwitz es alegre, melancólica, soñadora, vitalista, muy pegadiza y nada empalagosa.

Chazelle, con “La La Land”, rinde tributo, a contracorriente, a los musicales de la Época Dorada de Hollywood, como “Sombrero de copa” (Mark Sandrich, 1935), “Un americano en París” (Vincente Minelli, 1951), “Cantando bajo la lluvia” (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), “West side story” (Robert Wise y Jerome Robbins. 1961)… Todas ellas extraordinarias. O películas románticamente trágicas, como “Casablanca” (Michael Curtiz, 1946), o “Rebelde sin causa” (Nicholas Ray, 1955). Pero es que este homenaje se extiende a las películas que, a su vez, ya rendían homenaje a ese Hollywood desde fuera. Me estoy refiriendo al cine francés de los sesenta, englobado en la etiqueta Nouvelle Vague, en su acepción más amplia. Podemos citar el tono alegre y musical de “Une femme est une femme” (Jean Luc Godard, 1961), o el atasco de “Weekend” (Jean Luc Godard, 1967) o, sobre todo, los musicales “Los paraguas de Cherburgo (Jaques Demy, 1964) y “Las señoritas de Rochefort” (Jaques Demy, 1967). Chazelle, al modo de Sebastian, quiere hacer un templo con su película a un cine que para gran parte de sus contemporáneos es anticuado. Y su triunfo es que, al contrario que otros que hacen estudios de mercado para saber lo que quiere el público, Damien Chazelle le dice al público que le tiene que gustar lo que le gusta a él… y lo consigue.

“La La Land”: dirección, fotografía, montaje y guión

En cuanto a la forma, aparte de la belleza de la fotografía de Linus Sandgren, que ya ha trabajado con directores como David O. Russell o Gus Van Sant, La música de Justin Hurwitz, colaborador de Chazelle en sus tres películas, el maravilloso diseño de producción de David Wasco, habitual en las películas de Quentin Tarantino, junto con la dirección artística de Austin Gorg que ya hizo de las suyas en “Her” (Spike Jonze, 2013), hay que destacar la manera en la que nuestro amigo Damien Chazelle ha decidido rodar los número musicales.

Al contrario que en “Whiplash”, en la que se usaba el montaje externo con la intención de transmitir la tensión entre profesor, alumno y batería, en “La La Land”, la preocupación de su director es que se vea bien la coreografía, y que veamos que bailan los propios Emma Stone y Ryan Gosling. Y para ello, echa mano del montaje interno, que consiste en rodar con tomas largas en el tiempo, cortando lo menos posible. Prueba de ello es el primer número musical en el atasco que, dicho sea de paso, también comienza como un homenaje a “Ocho y medio” (Federico Fellini, 1963). Este número musical está rodado en un sólo plano, por lo que también demuestra el virtuosismo del operador de cámara y el foquista.

En cuanto al guión, partiendo de un argumento y unos personajes no excesivamente originales, consigue que la fórmula funcione a la perfección. Yo quizá hubiera alargado un poco más la parte en la que los personajes chocan y aparentemente se caen mal, al estilo “La fiera de mi niña” (Howard Hawks, 1938), pero eso es sólo cosa mía. Y por encima de la media de la película, que ya es bastante alta, y para darnos la puntilla, tenemos una secuencia final que es una estupenda idea de guión y un prodigio de montaje de Tom Cross.

“La La Land”: Emma Stone y Ryan Gosling

Y es que sí, está claro que la química que existe entre sus protagonistas es extraordinaria, y el carisma que desprenden, juntos y por separado, haría que soportásemos una película mediocre (que no es el caso, ni mucho menos). Pero es que Emma Stone y Ryan Gosling representan ese modelo de interprete que es capaz de hacer cualquier cosa que le pida el director. Y si no lo saben hacer, aprenden. La sensación de que Stone y Gosling están triunfando, no sólo por su cara bonita, que la tienen, sino por el fruto del esfuerzo, la perseverancia y el tesón al creer en su sueño, viene a apoyar y corroborar la propia tesis de la película. Nadie diría que Gosling no es un pianista consumado, o que Stone no lleva bailando toda la vida.

En fin, que una película como esta, que podría caer en lo naif y lo moñas, consigue no solo la suspensión de la incredulidad, sino algo más difícil: la suspensión del cinismo.

Y ahora, aunque despertemos en nuestras vidas de mierda, que nos quiten lo bailado.

 

 

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